Con la prioridad nacional se cumple hoy la alegoría de Franz Kafka: un animal innominado y obsesionado con la seguridad diseña, cava y perfecciona durante toda su vida un refugio subterráneo con el propósito de intensificar el terror, que, de este modo, le mantiene vivo y trabajando. Son los monstruos que conforman la historia de la infamia, cuyo último capítulo se reconoce bajo el título de prioridad nacional y cuyas consecuencias se dejan sentir ya en algunas prácticas sociales, en el imaginario colectivo y en las políticas migratorias, que sustituyen las políticas de acogida por el control de las poblaciones, la cooperación por la seguridad y la dignidad por la militarización. Las legislaciones autonómicas empiezan por debilitar los órganos de participación, cuestionan las subvenciones a las organizaciones solidarias, obstaculizan los procesos de regularización de los inmigrantes y reducen los servicios de atención a la diferencia; se introduce, en la conversación pública, un arsenal ideológico, con ardor guerrero, que es inhumano y antinatural, irracional y perverso, inmoral y anticristiano.
La igualdad de todas las personas y de todos los pueblos ha sido la mayor conquista de la humanidad, tras muchos siglos de ser la única especie viva en la que sus miembros no se reconocían unos a otros, sino que se reservaba celosamente el título de hombre exclusivamente para su grupo y lo negaba a una parte de la población. La prioridad nacional quiebra el proceso de humanización al introducir esquemas simples de “yo primero”, “amigos y enemigos”, “nosotros y ellos”, “dentro y afuera”; destruye la construcción de un “nosotros” colectivo y de una dignidad indestructible que no puede condicionarse a la nacionalidad, ni al arraigo, ni a la raza, ni siquiera a la bondad. Este proceso ha creado profundas fosas que el premio Nobel de Literatura, el bengalí Tagore, expresó con lucidez: «Durante más de un siglo hemos sido arrastrados por el próspero Occidente detrás de su carro, ahogados por el polvo, ensordecidos por el ruido, humillados por nuestra propia falta de medios y abrumados por la velocidad. Accedimos a admitir que la marcha de este carro era el progreso; recientemente, hemos comenzado a percibir una voz que nos advierte de la profundidad de las fosas que surcan su camino». Cuando se levantan fosas entre los “nuestros” y “los de afuera” se destruye la comunidad humana. Si alguien se pregunta hoy progreso hacia qué y progreso para quién, será considerado un excéntrico MAGA y un “buenista” irreparable.
Se dice que la prioridad nacional es de sentido común, cuando responde a la funesta mentalidad de suma cero, que es incapaz de pensar que todos pueden ganar; no siempre la ganancia de unos es la pérdida de otros, como se muestra en las acciones cooperativas. Viajaba yo en un autobús urbano de la ciudad de Valencia, lleno de pasajeros, cuando una muchacha sentada junto a su padre anciano observó que una persona presentaba signos evidentes de mareo y no podía valerse por sí misma, y decidió acompañarle al bajar del autobús. “Padre, ya vuelvo”, le dijo. Alguien podría pensar que abandonó a su padre y priorizó al extraño; sin embargo, en la acción de aquella joven todos ganaban: el padre podía confiar en que su hija no le fallaría en ningún supuesto, la mujer asistida encontró la ayuda necesaria y ella misma vivió la alegría del gesto gratuito y desinteresado.
¿Es natural discriminar en el acceso a ayudas básicas, bienes de justicia y servicios públicos a personas que conviven entre nosotros, trabajan con nosotros y colaboran en el mantenimiento de los sistemas de protección? Con motivo del huracán Mitch, que desoló Centroamérica, visité un cantón de Guatemala en el que apenas había entrado la civilización. Y allí escuché la mejor lección sobre lo que es natural. Una mujer con diez hijos de diferentes maridos sufrió el derrumbe de su chambita. “¿Cómo piensas cuidar y proteger a tus hijos? ¿Necesitarás priorizar?”, le pregunté. “Cuido y protejo a los más pequeños mientras son pequeños, al hijo enfermo mientras está enfermo, al que se fue de viaje mientras está ausente”. La ayuda y el cuidado no los marca el origen, ni la paternidad, ni la procedencia, ni la sangre, sino la índole y el tamaño de la necesidad.
La historia ha mostrado la perversidad de las prioridades; al primar a los arios frente a los judíos nació el nazismo; al privilegiar a los blancos frente a los negros nació el racismo; al priorizar a los jóvenes frente a los viejos nace el edadismo; al priorizar a los varones frente a las mujeres nació el machismo. ¿Qué nace al privilegiar “América primero”? De momento, ha nacido una fábrica de sufrimientos en la deportación de personas inmigrantes. En la memoria colectiva hemos visto el horror al discriminar a las personas mayores del sistema sanitario para evitar su colapso; al segregar a las personas con discapacidad del sistema escolar a causa de sus necesidades educativas especiales; al concentrar en barrios a grupos étnicos por diversidad cultural; al deportar a personas inmigrantes a causa de una situación administrativa irregular. La perversión se consuma cuando alguien se atribuye el poder absoluto de decidir sobre la vida y la muerte de las personas, determinar quién es digno de atención, quién merece vivir y quién no merece una ayuda. Las razones son sustituidas por emociones: el miedo, la desconfianza, el odio.
Priorizar a unos y, consecuentemente, posponer a otros incide en la vida de las personas, afecta a sus derechos, oportunidades, reputación y libertad, y produce nuevas formas de descarte, dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades. La prioridad nacional pone en juego los derechos básicos de cualquier persona que todos deben respetar y garantizar en cualquier parte del mundo, cualquiera que sea su residencia, nacionalidad, raza, clase, edad, arraigo o comunidad; los derechos humanos son batallas ganadas y no concedidas, que expresan la línea de la dignidad humana y la calidad de una sociedad decente; la única prioridad es la defensa de quienes no tienen el derecho a tener derechos.
Es injusto introducir una competitividad entre los autóctonos y los recién llegados, y reducir a las personas a una función sin rostro, a ser consideradas menos útiles, menos deseables, menos dignas. El primado nacional corroe la convivencia al definirla en términos culturales e identitarios y convierte la idea de ciudadanía, que nació para defendernos del señor feudal, en súbditos de las élites nacionales. Es injusta la regulación extraordinaria de personas que viven y trabajan en el país y negarles el acceso igualitario a la sanidad, a la educación, a la vivienda y al trabajo; es una trampa salvar a alguien de un naufragio y abandonarle en la playa. En lugar de priorizar o jerarquizar los servicios y las ayudas, se deberían ampliar y fortalecer para que lleguen a todos y evitar la contienda entre los últimos y los de casa. Lo importante no es quién recibe —si son nacionales o
extranjeros—, sino qué recibe en materia de cobertura de salud, de fragilidad y, sobre todo, quiénes son miembros plenos de la comunidad política y ciudadanos de pleno derecho. La idea de priorizar a las personas nacionales triunfa allí donde abunda la escasez de servicios, no están garantizados los derechos de ciudadanía o carecen de suficientes servicios para las necesidades básicas.
La perspectiva cristiana revolucionó el amor al prójimo y dejó de significar proximidad física, social o política. En discusión con los juristas de su tiempo, que le preguntaron “¿Qué entiendes por vecino?”, el Galileo ofreció un relato en el que los vecinos en el espacio, en las ideas, en la religión y en la nación pasaron de largo; sin embargo, el extranjero y el de otra religión, que no eran próximos, atendieron al caído. La proximidad está en razón de la ayuda: es próximo el que se aproxima. Y así nació la vecindad global. Próximos en la pandemia eran los africanos y, en la guerra, son los ucranianos, los iraníes y los gazatíes. Hay, en consecuencia, una refundación de la vecindad, como ha visto el teórico actual de la justicia Amartya Sen: no tenemos vecinos, sino que nos hacemos vecinos (y nacionales) por la ayuda. El Papa Francisco hablaba de “construir una vecindad cordial entre sus pueblos” (Ft, n. 152). Y León XIV propone en su reciente encíclica (mayo de 2026) la necesidad de “crear espacios para que el ser humano se abra a la relación y a la preocupación por los demás”, y se opone frontalmente a quienes “impiden la compasión, la misericordia, el perdón y, sobre todo, la esperanza de poder construir juntos un futuro para todos” (MH, n. 118).
Ximo García Roca
28 mayo 2026